Burgos

La negativa de Juana Josefa a casarse con el indiano supuso un disgusto para sus padres, que trataron de convencerla con toda clase de argumentos. Sin embargo, el deseo interior de comprometerse con Dios era mucho más fuerte y le llevó a enfrentarse a la gran pregunta que desde hacía un tiempo rondaba en su corazón: “¿Qué quiere Dios de mí?”.

Debido a la tensión familiar, Juana Josefa entendió que lo mejor en ese momento era poner distancia y aceptó un trabajo como criada en Burgos, que consiguió por medio de Don Martín Barriola, su confesor. Sabía que su nuevo oficio ayudaría económicamente a sus padres y eso le animó a dar el paso.

Comenzó en la casa de los señores Montoya, pero pronto dejó el trabajo porque no le permitían ir a la Iglesia temprano y cumplir sus devociones. Con la ayuda de un jesuita, enseguida encontró una nueva familia en la que servir: la familia Sabater, con la que convivió, primero en Burgos y después en Valladolid, hasta tenerlo todo preparado para la fundación de la Congregación en Salamanca.

Calle San Juan, 44

La familia Sabater residía en la calle San Juan 44, piso 3º (actual nº 30), en una casa que pertenecía a la parroquia de San Lesmes. En los archivos parroquiales y en los libros de cumplimiento pascual de 1865, aparece apuntada con ellos “Juana Josefa, sirvienta, soltera de 19 años”.

El matrimonio tenía siete hijos: María Estrella, José, Paca y Pedro, que eran gemelos, Gonzalo, Teresita y la pequeñita, Josefa, que murió muy pronto del mal de garrotillo. Como la familia era muy numerosa y de posición destacada, tenían buen servicio: doncella, cocinera, costurera y un criado, que se llamaba Pantaleón Bueno.

La pobreza de los años 60 del siglo XIX movió a la familia Sabater Becerra a socorrer con regularidad a familias necesitadas y mendigos, que todos los días iban a la casa a buscar comida caliente. Viendo que el número de personas pobres aumentaban y el dinero de los señores no era suficiente, Juana Josefa, encargada de este servicio, decidió destinar una parte de su sueldo a esta labor. Las quejas de los vecinos eran constantes, pero Juana Josefa no dudaba en responder con firmeza: “Donde no hay sitio para mis pobres, no hay sitio para mí”.

Parroquia de San Lesmes

Apenas entró a trabajar con la familia Sabater, Doña Hermitas, la señora de la casa, le pidió a Juana Josefa que le acompañara por las mañanas a misa. Acudían habitualmente a San Lesmes, una hermosa iglesia gótica dedicada al patrón de la ciudad de Burgos, un monje francés que fundó en esta ciudad el Monasterio Benedictino de San Juan, donde atendía a los peregrinos del Camino de Santiago. A esta iglesia también asistían a cumplir con la Pascua los demás miembros de la familia y la servidumbre. Esta sintonía en lo religioso creó en Juana Josefa y Doña Hermitas una verdadera amistad.

Iglesia de San Lorenzo

La última vez que Juana Josefa se confesó con Don Martín, el sacerdote de Tolosa, le dio uno de los mejores consejos que le darían en su vida: “A cualquier sitio donde vayas, busca un padre jesuita para confesarte”.

Siguiendo sus instrucciones, la joven se interesó por encontrar a algún jesuita en Burgos. Enseguida descubrió que en el colegio–seminario de San Carlos había siete jesuitas que prestaban su acción apostólica en la Iglesia de San Lorenzo, y no dudó ni un minuto en acercarse. Uno de ellos era el padre Ramón Sureda, quien terminó convirtiéndose en su confesor y director espiritual.

En 1868, la revolución Gloriosa y los gobiernos que siguieron, tuvieron una orientación política no favorable para la Iglesia. Una de las decisiones tomadas fue la expulsión de los jesuitas de España. Cuando pudieron regresar a España, no volvieron a instalarse en este edificio.

Capilla de la Divina Pastora

El padre Sureda, su director espiritual, organizaba por las calles de Burgos procesiones de las Hijas de María portando la imagen de la Divina Pastora. Es fácil suponer que Juana Josefa visitó esta pequeña capilla y tomó parte en estas manifestaciones de piedad mariana, muy en consonancia con su devoción a la Virgen.

La capilla de la Divina Pastora es un lugar de culto católico de la ciudad de Burgos. Construida en año 1466,​ está situada en la calle Laín Calvo nº 10, formando parte del Albergue de Santiago y Santa Catalina o de la Divina Pastora.​ El albergue, actualmente dependiente de la Asociación de Comerciantes e Industriales de Burgos, en el siglo XV fue hospital de peregrinos del Camino de Santiago.

Todos los días, a las 19:00 horas, se celebra en ella la Eucaristía del peregrino.

Catedral de Burgos y Capilla del Santo Cristo

La Catedral de Burgos enseguida llamó la atención de Juana Josefa. Pudo visitarla en numerosas ocasiones y siempre quedó ensimismada por su riqueza. No se cansaba de mirar al Cristo de Burgos y visitaba asiduamente su capilla con mucha devoción. Aquel Cristo crucificado, recubierto con piel de búfalo, blanda y caliente, y la leyend que le envolvía, le sobrecogían enormemente.

En 1221, el obispo Mauricio puso la primera piedra de la nueva Catedral de Burgos, que se terminaría convirtiendo en el edificio más emblemático del gótico español y uno de los más bellos monumentos del arte gótico. De hecho, desde 1984 ostenta el título de Patrimonio de la Humanidad.

La capilla del Santo Cristo está situada a la izquierda. En ella encontramos la imagen del Santo Cristo de Burgos, cuya devoción se extiende por varias Regiones de España y por numerosas naciones de Hispanoamérica, donde es conocido como «El Señor de Burgos». Es una obra de estilo gótico, del siglo XIV, edificada sobre el antiguo claustro románico. La imagen es una singular talla realizada en madera policromada.

Iglesia de San Nicolás de Bari

La joven Juana Josefa visitó esta iglesia en varias ocasiones. Normalmente, acudía para contemplar el retablo en piedra de alabastro que la devoción de unos mercaderes mandó labrar a Francisco de Colonia.

Situada en la calle de Fernán González, fue levantada en 1408 sobre otro templo románico. La preside uno de los retablos más impresionantes y monumentales del arte del Renacimiento Castellano, diseñado y realizado en el siglo XV por Simón de Colonia y su hijo Francisco de Colonia. Este retablo mayor fue financiado por el mercader burgalés don Gonzalo López de Polanco, cuyo sepulcro gótico y el de su esposa Leonor de Miranda reside al principio de la fachada oeste del retablo.